6 de marzo de 2019.

Si por algo se caracteriza el románico oscense, al margen del elevado y variado número de iglesias, monasterios y ermitas que durante los siglos XI y XII se levantaron a lo largo y ancho de estos territorios, es sin duda por su arquitectura civil de carácter militar. Torres, castillos y recintos fortificados se convirtieron en la evidencia material de un momento histórico y de un territorio de frontera para cristianos y musulmanes. Sin embargo, tan solo unos pocos de estos edificios han llegado hasta nuestros días en un estado óptimo de conservación.

Uno de los ejemplos paradigmáticos de arquitectura románica defensiva lo encontramos en la localidad de Abizanda, pequeño municipio situado en el extremo meridional de la comarca de Sobrarbe, donde se erige su castillo formado por un recinto amurallado y una torre exenta que domina el conjunto.

Planimetría del Castillo de Abizanda(http://www.romanicoaragones.com/fortificaciones/Ab%20G35.jpg)

El castillo de Abizanda, del que se conserva parte del recinto fortificado y la torre, fue una pieza clave dentro de la línea defensiva creada por Sancho III el Mayor con la finalidad de controlar los pasos naturales hacia el norte a través de los río Cinca y Esera donde, además de este ejemplo, encontramos otros como la Torre de Escanilla, el Castillo de Samitier y la Torre de Clamosa, enmarcada la construcción de todos ellos en torno a la segunda mitad del siglo XI.

La primera mención documental de época medieval sobre Abizanda data de principios del siglo XI cuando Abd al-Malik ataca este enclave cristiano demoliendo la torre. La reconstrucción del recinto se llevó a cabo de la mano de Sancho III el Mayor de Navarra en torno a 1023; tras la muerte de este, en 1044, Abizanda pasa a depender del condado de Aragón como punto clave de control territorial, importancia estratégica que perdurará hasta el siglo XV[1]. Este arco temporal fue respaldado por los estudios arqueológicos realizados en la década de 1980 en base a los restos óseos y cerámicos hallados en la cimentación de la torre[2].

En base a estos acontecimientos, gran parte de las investigaciones destacan dos fases constructivas para el recinto murario y la torre: una primera enmarcada en el periodo de dominación islámica del territorio y datada en torno a las últimas décadas del siglo X, a la que se adscriben los restos de sillares de piedra caliza conservados en la zona inferior del torreón; una segunda fase constructiva, realizada en sillarejo y argamasa respondería a la reconstrucción del recinto por parte de Sancho III en torno a 1030 sobre los restos previos, cuya datación oscila entre 1030 y 1040[3].

Torre de Abizanda, vista exterior en la que se aprecia el cambio de materiales 

Desde el punto de vista de la materialidad constructiva resulta interesante analizar este proceso: por un lado se produce una importante reutilización de estructuras y materiales procedentes de edificaciones previas; por otro, la presencia de sillarejo y argamasa en la obra del siglo XI evidencia un cambio sustancial en el modo de construir. Estos aspectos, desde el punto de vista material y técnico, suponen en primer lugar un importante abaratamiento en los costes de construcción al tiempo que denota cierto atisbo de premura en el proceso constructivo, algo lógico si tenemos en cuenta la necesidad por establecer el control sobre el territorio en este contexto fronterizo.

La Torre de Abizanda es un edificio de planta rectangular de 8,15 x 13,62 m y una altura de unos 24 m. En su interior posee una división en cinco pisos, fruto de la restauración que se llevó a cabo en la década de 1990, que lleva a pensar en una función  de donjon[4] dentro del recinto fortificado.

A modo de conclusión, los vestigios arquitectónicos conservados, así como las campañas de reconstrucción llevadas a cabo en la torre de Abizanda, han permitido la conservación de uno de los ejemplos más significativos de arquitectura románica de carácter defensivo de cuantos se conservan en la provincia de Huesca. La torre que preside el conjunto resulta un elemento clave desde el punto de vista estratégico, muestra evidente del poder civil en estos territorios fronterizos. Así mismo los procesos constructivos que se aprecian en su fábrica resultan evidencias materiales de un contexto político y social clave para el devenir de estos enclaves del septentrión aragonés.

Vista de la localidad de Abizanda 

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[1] PÉREZ GONZÁLEZ, J.M. (dir.), Enciclopedia del Románico en Aragón. Huesca, vol. II, Aguilar de Campoo: Fundación Santa María la Real del Patrimonio Histórico, 2016, p. 647.

[2]JUSTE, Mª.N., “Informe de la excavación efectuada en la torre de Abizanda (Abizanda, Huesca). 1989” en ROYO GUILLÉN, J.I., y ACÍN FANLO J.L (coords.), Arqueología Aragonesa (1988-1989), Zaragoza: Diputación General de Aragón. Departamento de Educación y Cultura (1991): 265-268.

[3] ESTEBAN LORENTE, J.F, GALTIER MARTÍ, F. y GARCÍA GUATAS, M, El Nacimientos del Arte Románico en AragónArquitectura, Zaragoza: Caja de Ahorros de la Inmaculada de Aragón, 1982, pp. 237-239; CASTÁN SARASA, A., Arquitectura militar y religiosa del Sobrarbe y Serralbo meridional. Siglos XI-XIII, Huesca: Instituto de Estudios Altoaragoneses, 1987, p. 99; ARAMENDÍA, J.L., El románico en Aragón, Zaragoza: Leyre, 2002 (2ª ed.), p. 244.

[4] “Torre, último baluarte de un castillo, normalmente con salida independiente al exterior y protegida para facilitar la huida”; FATÁS, G. y BORRÁS, G.M, Diccionario de términos de Arte y elementos de Arqueología, Heráldica y Numismática, Madrid: Alianza, 2004, p. 115.

Alejandro Piñel. Research Assistant.
Instituto de Historia
Centro de Ciencias Humanas y Sociales, CSIC (Madrid)

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